Autocuidado: el poder del silencio.

En mi ciudad hay un canal que se llama "el Silencioso". 
Corre aguas abajo de Los Andes lento y profundo, sin ruido. 
Las personas no se atreven a sumergirse ni en broma, varios osados pagaron con su vida una inmersión. 
Silencioso y letal.

Nuestras historias son ruidosas. 
Casi al punto del grito. 
Nos agrada hablar hasta "por los codos". 
Dramatizar situaciones. 
El silencio es poco apreciado en nuestras calles repletas de toda suerte de sonidos.
Prisa. 
Estrés. 
Malhumor.
Violencia. 
 
Tal vez es bueno detenerse un momento en una plaza de barrio, escuchar cómo la brisa pasa entre las hojas; pequeñas aves están intentando volar.  
Las plazas recogen un poco de silencio y tranquilidad.

Tal vez es bueno para la salud guardar silencio. 
Durante discusiones.
Cuando hay chismes en el ambiente.
Cuando alguien habla de sus tristezas, oír sin opinar.

Quédate un rato en silencio delante de Dios, escucha cómo te habla, te da dirección, te anima.
No hay duda que  apartarse del ruido unos minutos te dará otra perspectiva y será benéfico para tu salud. 

Guarda silencio ante el Señor y espera en él con paciencia; no te enojes ante el éxito de otros, de los que maquinan planes malvados.
Salmos  37:7 NVI

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