Eutanasia (parte 1)


Con seriedad me dijo:
-Si alguna vez sufro un accidente no  quiero que me conecten a máquinas.  Que me dejen morir de manera natural.
Alguna vez conté la historia de la "hermana Juanita", venerable mujer, amada en su Comunidad. Mi abuela. 
El asma congénita le quitaba el aliento. Usaba hojas de chamico secas como expectorante; los puffs de salbutamol no se divisaban en su horizonte. 
 El día que se sintió enferma supo que iba a morir. Rogó al Dios Todopoderoso que le concediera estar solo diez días en cama para reducir la molestia a mi madre que trabajaba fuera de casa. 
Llegado el día 10 se tendió en la cama, llamó a su hija  y al hijo (mi tío). Les pidió que se cuidaran mutuamente y me protegieran siempre, cuestión que ambos cumplieron con creces. 
Luego esperó. 
Pasó algún tiempo, ella rogaba en voz baja. 
De pronto le dice a mi madre “mira, hija, ya vienen a buscarme. Ahí están dos ángeles que me llevarán”. Mamá no vio nada, mi tío menos. 
Juanita cerró los ojos, estiró los brazos y se fue con una sonrisa. 
Fue enterrada en una tumba comunitaria, pero ¿qué más da?, lo que importa en la vida es a dónde vas cuando traspasas el umbral a la dimensión desconocida.

La pregunta crucial es ¿es necesaria la eutanasia?
Unos  inventan mil artilugios para prolongar la vida y por otro lado se discuten leyes para matar a los viejos. 
¿Quién entiende al ser humano? 
Es de interés recordar las palabras de Job en su tremenda desdicha: 

 —Desnudo vine a este mundo, 
y desnudo saldré de él. 
El Señor me lo dio todo, 
y el Señor me lo quitó; 
¡bendito sea 
el nombre del Señor! 
Así pues, 
a pesar de todo, 
Job no pecó 
ni dijo nada malo contra Dios.  
Job 1:21-22 DHH




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