La venganza desató la Primera Guerra Mundial.

“Soy hijo de campesinos y sé lo que pasa en los pueblos. Por eso quise vengarme, y no me arrepiento de nada”, dijo Gavrilo Princip, el joven que puso la última gota para desatar la I Guerra Mundial.

Gavrilo caminaba nervioso por las calles de Sarajevo aquel 28 de junio de 1914. 
El plan había fallado: la bomba no alcanzó al archiduque Francisco. 
Pensando los próximos pasos, entró a una cafetería. 
Pero los misteriosos caminos de la vida son incomprensibles.

El auto de Francisco Fernando, que se dirigía al hospital giró inesperadamente en la esquina equivocada. 
Gavrilo salió, vio la oportunidad imposible frente a él. 
Su mano tembló al sacar el revólver. 
Dos disparos. 
El archiduque y su esposa cayeron. 
En veinte minutos habían fallecido. 
Gavrilo nunca imaginó las consecuencias: una guerra mundial desatada, millones de muertos, imperios destruidos, un mundo transformado. 
El resentimiento, el odio, el deseo de vindicación anidado en un joven de apenas 20 años alteró el mundo. 
¿Cuántos cambios esperamos cuando deseamos la venganza? 
Lo inimaginable puede desatarse con nefastas consecuencias. 
¿Es lícita para un devoto servidor de Dios? 

Cristo, nuestro máximo ejemplo nos responde con los brazos abiertos, muriendo de la forma más cruel “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23:34)
*

Si es posible, 
y en cuanto 
dependa de ustedes, 
vivan en paz con todos. 
No tomen venganza, 
queridos hermanos, 
sino dejen 
el castigo 
en las manos de Dios, 
porque está escrito: 
«Mía es la venganza; 
yo pagaré»,
dice el Señor. 
Romanos 12:18-19 NVI
*
Un poco de historia:

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/el-atentado-que-provoco-la-primera-guerra-mundial_18749



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